Crónica de un Western atípico
Publicado por William Saints | en The Ecstasy of Western | el 28-08-2008
Todo Western cumple ciertas reglas intrínsecas al género: se desarrolla en el desierto, en poblados incipientes y con pocos pobladores. El protagonista, un mal encarado justiciero de moral dudosa y aspecto rudo o descuidado, por lo general está en búsqueda de venganza: una venganza que de nada le servirá, pero su inexistente código moral le dicta que debe cumplirse. Claro, hay muchísimas reglas y características más del género. Y claro, hay westerns que no necesariamente tienden a cumplirlas al pie de la letra…

Bajo un sol abrasador (típico del desierto), nuestro héroe recorre el camino en busca de venganza. Dado por muerto, llega sin previo aviso al lugar donde descansan los salvajes perros a los que busca finiquitar.
Polvoriento, arriba estruendosamente, golpeando desde el principio a su víctima. Eran 2: uno ya ha muerto (cosas de bastardos sin honor), y el otro está en pie, a punto de responder la agresión e iniciar la batalla.El perro intenta desenfundar su arma, B.K. no lo permite. Empiezan entonces a pelear, usando solo sus manos y cuanto objeto pueden usar como arma en el lugar de la pelea.
Una batalla perra: haciendo gala de violencia, los destrozos del lugar son inminentes. Golpes en la entrepierna, patadas en las espinillas, ataques a la cara. Todo se vale cuando los perros son salvajes.
Después de más destrozos y golpes, ED intenta desenfundar su arma. No lo consigue: B.K. toma el escupidero del lugar y le arroja el contenido directo a la cara.

El combate sigue: dos perros, con los colmillos y las garras, destrozándose. Queriéndose matar. No pelean por sobrevivir, sino por matar al otro.
ED se prepara a dar el último golpe, pero B.K. lo esquiva, haciendo con esto que ED destroce la pared y termine en el baño contiguo. B.K. lo somete, intentando asfixiarlo con su brazo para después meter su tuerto rostro en el inodoro.
De un codazo entre las piernas, ED neutraliza a B.K. y se libera. Es entonces cuando ver su arma en el suelo, fuera del baño. Intenta tomarla, pero B.K. la sorprende queriendo escapar y la empieza a surtir a puño limpio. Al final, ED gana: noquea por unos momentos a B.K. y sale del asqueroso baño en dirección a su adorada arma.
B.K., guerrero adolorido y bañado en sangre, despierta entonces, tirado en otra habitación contigua al baño. ¿Qué es lo que ve?: un arma, cortesía del perro asesinado por su ahora combatiente.
ED toma su arma y la desenfunda sin mesura. Y cuando se dirige a B.K., lo ve: al otro lado del estrecho pasillo, B.K. está de pie con arma en mano. El único ojo que le queda a ED mira con incredulidad el objeto en posesión del perro enemigo.

-¿Qué es eso? –pregunta Elle
-El arma de Budd
-Dijo que la había empeñado
-Pues… eso lo convierte en un mentiroso, ¿no?
Se miran con odio y con hambre de muerte. Las pupilas dilatadas, los rostros heridos y bañados en sangre. El desierto afuera, con el diablo flotando en el cielo.
-¿Elle?
-¿B?
-Algo que siempre me ha dado curiosidad, solo entre nosotras… ¿qué le dijiste a Pai Mei para que te arrancara el ojo?
Con un dejo de amargura, ED lo recuerda: el momento en el que el viejo tonto le arrancó el ojo derecho, en el cual ahora se aprecia un parche.
-Lo llamé un viejo tonto miserable
-Mala idea –le responde Beatrix mientras hace una mueca de burla
-¿Sabes lo que hice? Maté a ese viejo tonto miserable
B. casi puede ver a su maestro muriendo a manos del animal que combate. Un odio ciego invade su cuerpo y ahoga su mente.
-Envenené las cabezas de pescado que comía
Y entonces ED lo recuerda, muriendo en el suelo envenenado y respirando con dificultad. En su último aliento, el maestro intenta jurar la muerte de Elle…
-Y le dije, “para mí, la palabra de un viejo tonto como tú vale menos que nada”.
ED se ríe. Se ríe mostrando su vivo ojo izquierdo. Se ríe estridentemente, regodeándose de placer al recordar la muerte de Pai Mei y al ver el rostro de Beatrix Kiddo llenarse de odio.
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-Así es. Maté a tu maestro. Y ahora voy a matarte también… con tu propio sable, no menos. El cual, en un futuro, muy próximo, se volverá mi sable.
La furia de B.K. es casi tangible. Con el rastro cubierto de su propia sangre, y la ropa polvorienta, arma en mano, lo jura.
-Perra, tú no tienes futuro

Y así, tras tal sentencia, ambas mujeres se apuntan mutuamente con las katanas. El sonido fatalista de la música oriental ceremonial las envuelve. Se miran. Se miran con odio. Se miran con asco. Se miran con deseo.
De repente la guerra inicia: ambas gritan y se lanzan una sobre la otra. Sus armas chocan a medio pasillo. Luchan, intentando matar a la otra mientras, con la mirada, se comunican mutuamente a un nivel primitivo y salvaje.
El cansancio de sostener la pelea se empieza a hacer evidente. Elle Driver mira a B.K. con placer y deseo; mientras Beatrix, fatigada, mira a ED al ojo. Al perverso ojo azul. Y entonces, en un momento de iluminación divina y de remembranza al maestro caído… lo arranca con su propia mano del craneo huesudo de la perra que tiene enfrente.
Elle Driver se revuelca de desesperación en el asqueroso baño de Budd, mientras Beatrix pisa con su pie desnudo al ojo fresco. No hay necesidad de matarla, no vale la pena.

La ganadora toma su arma y la mira. Camina hacia la salida. La Mamba Negra que mató a Budd sucumbe ante la serpiente más feroz.

Y entonces sale. Al desierto. A la arena. Es el atardecer. Elle grita como loca. Beatrix camina erráticamente, la pelea la ha dejado malherida. Pero ha vengado a su maestro. Y está a punto de terminar su venganza personal.




















