Dino de Laurentiis nació cerca de Nápoles hace casi 90 años y desde bien joven se ha dedicado a lo mismo:
producir películas. Primero lo hizo en su Italia natal, en los 60s se expandió por la vieja Europa y
en los primeros 70s desembarcó en Hollywood con la intención de tocarle las narices a las grandes majors y ganar mucha pasta. Han sido
más de 150 películas producidas en esta carrera de más de 50 años, algunas de ellas han sido buenas, otras malas y, las más, regulares y han cubierto todos los géneros cinematográficos sin excepción, incluyendo, como no, el subgénero de la
sci-fi que este mes nos ha propuesto a sus acólitos el
Dr. IO: la
space-opera.
Quizás la más recordada y prestigiosa de las space-operas producidas por el gran Dino sea
Dune, la versión de la
célebre obra de
Frank Herbert por parte de
David Lynch. Sin embargo, entre que no estoy muy seguro de que una obra tan magna como
Dune pueda ser restingida a un simple subgénero y que la personalidad del director del que Almodóvar copió el peinado ensombrece a la del productor, no voy a hablar de ella y me voy a centrar en otras
dos obras pretéritas y
de menor categoría artística pero más representativas de la visión del cine de De Laurentiis:
Barbarella y
Flash Gordon.
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